miércoles, junio 11, 2008

Orden de Batista

Orden de Batista: Si coges preso a Fidel, ¡quémalo!, que el aire se lleve sus cenizas
Usted podrá leer la entrevista a José Suárez Núñez, íntimo colaborador del dictador Fulgencio Batista, fue realizada en Venezuela, en 1989.
Luis Báez (Granma Internacional) [11.06.2008 17:54] - 168 lecturas - 9 comentarios
Publicado por Yndamiro Restano


Así mandaba a matar Fulgencio Batista

De reportero sensacionalista a periodista más reposado se vio en la obligación, por circunstancias, de adentrarse en temas que no eran los suyos. En los comienzos del exilio aspiró al estrellato en la profesión y no lo alcanzó, a diferencia de otros menos brillantes que él, pero con mejor suerte.

No fue fácil localizarlo, se encontraba en constante movimiento, propio de sus tareas como especialista en cuestiones petroleras del Diario de Caracas. Cuando di con él se mostró abierto al diálogo.

Nos citamos para el centro comercial Chacaíto. Fue una conversación de tanteo. Al principio estuvo de acuerdo con la entrevista, pero me pidió que lo dejara pensar bien antes de darme una respuesta definitiva, porque el tema era delicado.

Lo mejor de su juventud lo dedicó a defender al régimen de Fulgencio Batista, desde el 10 de marzo de 1952, y se desplomó con este, el 1ro. de enero de 1959.

Estudió la enseñanza primaria en el colegio jesuíta de Belén y el bachillerato en el Instituto de La Habana, donde llegó a ser presidente de la Asociación de Estudiantes, en 1950.

Una de las cosas que impresionó a Suárez Núñez, aquel 1ro. de Enero, fue la manifestación del pueblo en respaldo a Fidel y la Revolución triunfante.

Fue secretario de la Juventud Acción Progresista y presidente de la Juventud Unión Radical hasta 1954. Ambos partidos respondían a los intereses de Batista.

Viajó con las tropas del ejército que fueron enviadas a la Sierra Maestra a combatir a los expedicionarios del Granma como corresponsal de la revista Gente, de la cual era el director.

Uno de los principales voceros del régimen y enlace de Batista con los propietarios de los periódicos, revistas, emisoras de radio y televisión que integraban el bloque cubano de prensa.

A finales de 1959 se fue para los Estados Unidos y trabajó en el diario La Prensa y en la revista Temas, que se editaba en Nueva York. También fue corresponsal del periódico colombiano Occidente y de la revista Élite, de Venezuela. En 1963 se radicó definitivamente en Caracas.

Para darse a conocer en el diarismo venezolano se disfrazó de médico y publicó diversos reportajes que mostraban las deficiencias e irregularidades del hospital psiquiátrico de Caracas. También acompañó a buscadores de oro y diamantes en las selvas de la Guayana.

En la soledad del exilio escribió un libro polémico: El gran culpable.

Ahí relata crudamente los pormenores del gobierno del hombre al que durante muchos años mantuvo en un pedestal.

Días después me dejó un recado en el hotel. En la fecha acordada, José Suárez Núñez pasó a recogerme temprano en la mañana y fuimos a una pequeña oficina que tiene en las afueras de la ciudad.

Habló ampliamente. Es una persona inquieta. No permanecía sentado más de cinco minutos. Me percaté de que estaba frente a un hombre que la vida había golpeado duramente, pese a sus esfuerzos por no reflejar ese dolor.

En aquel entonces, con 60 años, José Suárez Núñez parecía enfrascado en permanente lucha contra una gran frustración que lentamente lo fue consumiendo, como si estuviera invadido por un virus incurable. Su enfermedad era tan mortal como el SIDA: padecía el mal del exilio.

¿Cómo se produjo su salida de Cuba?

Han pasado 30 años de aquellos acontecimientos. Me tengo que ir porque estoy enfrentado al movimiento revolucionario castrista.

Batista y su séquito de esbirros y asesinos.

Trabajé muy cerca de Fulgencio Batista. Al caer este no me quedaba más remedio que huir.

El 31 de diciembre de 1958 regreso a La Habana, después de un recorrido que hice por Santa Clara con el propósito de conocer la situación militar que allí existía.

Por todo lo que observé, volví muy preocupado y tenía la intención de comentárselo a Batista en la fiesta de Año Nuevo.

Cuando llego a mi casa, mi esposa me informa que no había fiesta en Columbia. Aquello me extrañó mucho, pero me acosté a dormir, pues la preocupación no pudo más que el cansancio que traía. Como a la 1:30 de la madrugada me llamó por teléfono un ayudante de Batista, quien me comunicó que el presidente había renunciado. Que por órdenes expresas de él, en los aviones que estaban listos para partir, se habían separado dos asientos: uno para Luis Manuel Martínez y otro para mí.

Me pareció de muy mal gusto salir corriendo enseguida. Esperé a que amaneciera. Llamé a varios militares. Traté, incluso, hasta de hablar con el general Eulogio Cantillo. Fue entonces que un coronel amigo me aconsejó: "Joselín, lo mejor es que te marches". Alrededor de las 6:00 de la mañana salgo a la calle y veo una efervescencia castrista inmensa. Aquel símbolo rojo y negro estaba en todas partes.

Me percato de que la situación es sumamente difícil. Pienso que es más fácil llegar a una embajada que a Columbia. Voy al Consulado dominicano, pero me tiran las puertas. En la misión diplomática de Argentina tampoco me dejan entrar.

Desesperado, decido regresar a casa. No sabía qué hacer. Mi esposa se pone una falda negra y una blusa roja y salimos nuevamente a la calle.

Nos tropezamos con una multitud que venía por la Avenida 23 y que gritaba: "Fidel, Fidel". Era impresionante. Sin saber cómo, me veo dentro de la manifestación. No olvidaré que de repente alguien me preguntó por qué estaba tan callado y solo atiné a responder: La emoción, la emoción.

Al pasar frente a la cafetería El Carmelo, me introduje en la misma. Ahí me encontré con un amigo y le pedí que me llevara al aeropuerto militar de Columbia. Me hizo el favor, pero al llegar la posta no me deja pasar. Le dije que el oficial de guardia me esperaba. Insisto. Al fin, logro entrar, con la buena suerte de que en esos momentos iba a salir el último de los aviones hacia Santo Domingo. Eran alrededor de las 10:00 de la mañana.

El capitán de la nave tenía órdenes de aterrizar en Oriente a recoger a un alto oficial de la Marina de Guerra. No recuerdo su nombre. De pronto, a la vista de Santiago de Cuba, un militar le pone al piloto la pistola en la nuca, a la vez que le dice: "Si aterrizas, nos morimos todos". Como comprenderás, seguimos directo hacia Santo Domingo.

¿Quiénes iban en ese avión?

Además de mi mujer y yo, algunos ayudantes de militares allegados a Batista.

¿Por qué Batista decide ir a República Dominicana y no a los Estados Unidos?

Eso nunca me lo he podido explicar. Según me contaron, esa decisión la toma en el vuelo a última hora. Cuando el avión salió iba para los Estados Unidos. A la media hora le ordenó al piloto que desviara el rumbo hacia Santo Domingo. Todos los demás aviones siguieron a la Florida. La nave era un DC-6 de Aerovías Q, empresa de la cual Batista poseía todas las acciones. El vuelo era el 638.

Batista consideraba que como había tenido muy buenas relaciones con los Estados Unidos y había sido fiel a todos sus intereses debía ser recibido con los honores que correspondía a su jerarquía de ex presidente. Aspiraba a que le dieran residencia, pero los norteamericanos se la negaron. Pienso que si hubiera decidido llegar a territorio estadounidense lo hubieran aceptado al igual que ocurrió con el resto de los batistianos. A esa hora no lo iban a rechazar.

Ya en Santo Domingo, más de una vez me comentó, amargado, adolorido, que después de haber sido toda una vida aliado incondicional de los norteamericanos, estos lo habían abandonado en los momentos difíciles.

¿Cómo se produjo su encuentro con Batista en República Dominicana?

Tan pronto llegué me dicen que Batista quiere verme. Encontré a un hombre destruido, aislado. Comencé a trabajar directamente con él. Le mecanografiaba sus escritos. En la práctica, me convertí en su secretario particular.

Recuerdo que en una ocasión, durante las primeras semanas, le dije a Batista: Presidente, hay que hacer cualquier cosa para recuperar el poder. Airado, me respondió: "No, no, no se trata de hacer cualquier cosa, hay que hacer cosas, pero hasta que por lo menos no pasen 10 años, no se puede pensar en combatir a Castro. El país se ha enamorado de él. Todo lo que se haga ahora es inoportuno".

Cuando comentaba estas expresiones con los demás exiliados, me decían que Batista estaba loco, que era un cobarde. Todos esos adjetivos que la gente le lanza a los derrotados. Y no han pasado 10 sino 30, y Castro sigue ahí.

¿Qué papel desempeñó Batista en la conspiración trujillista contra Cuba?

Batista, presionado por Trujillo, hizo grandes aportes económicos.

Pero la verdad histórica es que él era uno de los pocos que estaba convencido de que dicha invasión no tenía posibilidades de triunfar. Yo mismo estaba muy entusiasmado.

Trujillo había contratado mercenarios franceses, yugoeslavos, checos, húngaros, españoles, escapados de la Legión Francesa.

También cubanos que habían pertenecido a los cuerpos represivos de Batista. Al frente de lo que se denominó Legión Anticomunista del Caribe se encontraba el general batistiano José Eleuterio Pedraza.

Como es conocido, los complotados dentro de Cuba fueron detenidos por fuerzas de la Seguridad y el avión con el primer envío de mercenarios fue capturado por tropas del Ejército Rebelde a su llegada a la ciudad de Trinidad, el 13 de agosto de 1959.

El plan de Trujillo era desembarcar, al siguiente día, 5 000 hombres en las provincias orientales. Todo se les vino abajo cuando las autoridades cubanas denunciaron públicamente los planes de agresión.

¿Las relaciones entre Batista y Trujillo eran tirantes?

Siempre lo fueron. Fíjate que Trujillo estaba deseoso de visitar Cuba, de ser recibido con todos los honores y Batista nunca se decidió a cursarle una invitación.

Ya en Santo Domingo las discrepancias se agudizaron cuando Batista no se quiere meter en ninguna acción contra Cuba. Lo primero que le dice Trujillo es que tiene 5 000 soldados dominicanos listos para desembarcar en Oriente, pues es necesario impedir que Castro llegue a La Habana.

"En una semana lo instauro nuevamente en el poder", planteaba Trujillo, a la vez que también le decía: "Si usted pone dos millones de dólares, yo pongo cuatro. Tenga presente que necesito impedir que Castro se consolide en el poder, pues eso sería muy peligroso para mí".

Batista no cedió ante ninguno de esos argumentos. Estaba seguro de que cualquier acción contra Castro era una locura, y si además tenía que soltar dinero, no había quien lo convenciera.

A Batista no le faltaba dinero.

Fue uno de los gobernantes que más dinero le sacó al Tesoro Nacional.

En todos los negocios que se hacían había que darle una comisión del 30% y en otros casos del 40%. Hasta el último momento estuvo enviando dinero a bancos de Nueva York. Incluso, a finales de diciembre del 58, su albacea, Manuel Pérez Benitoa, llevó 43 000 000, de los cuales depositó 42, pues se quedó con uno. La fortuna de Batista estaba calculada en cientos de millones de dólares.

Era un hombre muy tacaño. En una ocasión, le pidió una cita urgente a Trujillo y este se la concedió, pues pensó que era algo relacionado con los planes contra Castro. Cuál no sería su sorpresa cuando Batista le dijo que venía a solicitarle que influyera en el administrador del hotel Jaragua para que le redujera los precios de habitación y comida.

¿Él trató de irse de Santo Domingo con rapidez?

Sí. Enseguida comenzó a hacer gestiones para marcharse, ya que Trujillo le estaba sacando mucho dinero. El problema era que nadie le quería otorgar visa. Él insistía en ir a Daytona Beach, en la Florida, donde tenía una residencia.

Después de soltar miles de dólares, consiguió que los portugueses lo admitieran en la isla de Madeira. Exactamente a los 8 meses y 22 días pudo salir de República Dominicana. Solamente lo acompañamos 22 de sus amigos. La aventura con Trujillo le costó unos cinco millones de dólares.

Han pasado tres décadas. Sería interesante que contara algunas cosas de la intimidad del régimen de Batista.

¿Por qué no? Además, no tengo nada que ocultar. Muchas de estas cuestiones ya las publiqué en el libro que edité en 1963 y que lleva por título El gran culpable. Como comprenderás, el gran culpable es Batista.


Allí relato numerosas experiencias de las cuales puedo referirte algunas. Por ejemplo, cuando Batista recibió la información del desembarco de Castro, el 2 de diciembre de 1956, lo calificó de "aventura local sin importancia", y trató de aparentar que la noticia no lo había perturbado en lo más mínimo. Siguió jugando canasta durante horas sin hacer la más leve alusión al respecto. Estaba en casa de Jorge García Montes, entonces primer ministro, y cuando se va lo único que comentó fue que Castro tenía los días contados.

A las pocas semanas, se celebró una reunión en Columbia. El coronel Pedro Barreras, a quien había designado jefe de operaciones de la zona de la Sierra Maestra, dio toda la información sobre la situación existente y explicó ante los mapas el plan que proponía. En el transcurso de la conversación, Barreras le pregunta al presidente qué debía hacer con Castro si este no moría en combate, y Batista le respondió rápidamente, lo recuerdo muy bien: "Quémalo, que el aire se lleve sus cenizas y nadie sepa dónde está su tumba. No quiero otro Guiteras".

Aquello hizo que todos nos miráramos los unos a los otros, cada cual con sus propios pensamientos.

¿Usted qué pensó?

Bueno, no podría decirte. Creo que poco a poco me fui dando cuenta de que aquello era algo más que una simple "aventura local".

Veía muchas cosas. Veía cómo Batista hacía los partes militares y después de mecanografiados los modificaba tres, cuatro veces. No tenía límites. Era muy ególatra y jamás quiso reconocer las derrotas del ejército a manos de las fuerzas rebeldes. Los despachos salían firmados por el comandante Boix Comas, quien en muchas ocasiones se enteraba de los mismos cuando leía los diarios de la mañana. Algo parecido le sucedió a Santiago Verdeja.

¿El ministro de Defensa?

Sí. Resulta que cuando el New York Times publica la entrevista de Herbert Matthews a Castro, en la Sierra Maestra, esto provocó un revuelo que tú no eres capaz de imaginar. Nadie en el gobierno lo quería creer y Batista mucho menos. Inmediatamente convocó a una reunión en Palacio.

Entre todos los presentes examinaron la foto publicada por el Times en la que se veía a Matthews y al jefe guerrillero conversando plácidamente. Bastó que alguien dijera que no se le parecía a Castro para que Batista, acto seguido, diera por sentado que se trataba de un montaje fotográfico y dictara una declaración en la que calificaba la entrevista de apócrifa y de mentiroso a su autor.

A la mañana siguiente, todos los periódicos habaneros reproducían en primera plana las acusaciones de Batista, pero no estaban firmadas por este, sino por Verdeja, quien se sorprendió al ver esas declaraciones suyas en los diarios y no pudo evadir el inmenso ridículo que cayó sobre él cuando, al otro día, el New York Times respondía con la publicación de varias fotos en las que aparecía Castro en distintas posiciones que no dejaban lugar a duda de la veracidad de la información.

¿Qué tiempo permaneció en Portugal al lado de Batista?

Pocas semanas. Batista me dio un pasaje y algunos dólares. Viajo a los Estados Unidos, donde tengo que entrar clandestino, pues no me daban visa. Después de legalizar mi situación, comienzo a editar en Miami un periodiquito llamado Patria. Durante varios meses, me mandó 75 dólares semanales.

Llegó un momento en que me siento mal, porque se había ido incorporando al periódico un grupo de personas a las que no conocía y que no eran ni periodistas. Decidí abandonar aquella empresa. No estaba de acuerdo con esa gente, no porque fueran malos o buenos. Tampoco difería de sus puntos de vista, sino cómo llevarlos a cabo.

¿De qué vivió en Miami?

Vendí televisores, aparatos de aire acondicionado, refrigeradores; realmente, me fue muy difícil. Ya estaban allí los nuevos ricos que habían comprado grandes residencias. Los ricos, como siempre, viviendo bien. La otra parte del exilio, sudando la camisa.

Me sentía muy mal. Lo que ganaba no me alcanzaba para vivir. Decidí irme a Nueva York.

¿Trabajó duro en Nueva York?

Sí. Durante mucho tiempo tuve que estar lavando platos en diferentes restaurantes. Eso es algo importante para el exiliado pobre, pues de esa manera tienes también asegurados el almuerzo y la comida. Vivía en un cuartico muy modesto. Posteriormente, trabajé en una fábrica de plástico.

Abandono los Estados Unidos en 1963 y viajo a Caracas donde me radico definitivamente. En Venezuela, aunque pasé dificultades, la vida no me fue tan difícil como en Norteamérica.

¿Sus amigos batistianos lo ayudaron?

No, hombre, no. Allí nadie ayuda a nadie. Los propios batistianos adinerados te veían y no te conocían. El exilio le enseña a uno muchas cosas. Es una gran escuela. La primera ley que aprendes es que uno solamente es amigo de sí mismo.

¿Perteneció a alguna organización contrarrevolucionaria?

Con el embullo de los primeros años me inscribí, a finales del 60, en un ejército expedicionario que se estaba formando para invadir a Cuba y que más tarde resultó el desembarco por Bahía de Cochinos.

No me llamaron. Me hicieron un gran favor. Pude haber muerto o caído preso como todos los que fueron. Después no me incorporé a ninguna de las organizaciones contrarrevolucionarias.

Me desilusioné mucho.

¿Por qué?

Porque como era batistiano, supuestamente esbirro, entonces lo vetaban a uno.

Me hice el siguiente análisis: Cónchale, quiero cooperar porque no me gusta el castrismo, pero si esto es tan costoso que me van a hacer un cubano de segunda, no, porque al menos yo no puse a Castro. Al contrario, lo combatí.

Me dije: ¿Por qué tengo que mendigar la posibilidad de que me incorporen a alguna actividad? ¿Acaso para lo único que sirvo es para cargarles los fusiles a los revolucionarios puros? Era un problema de ética, de decisión personal. Me alejé de todo. Además, me sentí postergado, discriminado. Dije: Allá ellos, que saquen a Castro si es que pueden. Como no vivo del negocio de hacer revoluciones ni tengo ningún cheque de la CIA, he tenido que trabajar muy duro para poder vivir decentemente. No estoy dentro del esquema de los exiliados de Miami.

¿Qué piensa de ese exilio?

El exilio de Miami no cuenta con un punto de vista profundo de la realidad cubana. Los exiliados están divididos en islas. Todos se consideran jefes, líderes; pero ninguno es ni jefe ni líder. Son islas, sí; pero sin mar.

Además, surgió un grupo de gente al cual califico como los industriales del exilio, especialmente en Miami. En Cuba sonaban dos cohetes y enseguida comenzaban a recolectar dinero con el pretexto de que era para los luchadores por la libertad, cuando en verdad todo iba a parar a sus bolsillos. De esa manera han vivido sin trabajar todos estos años.

Hay muchos que no han cambiado la hoja del almanaque. Se tropiezan con un cubano revolucionario y le huyen. Se creen que los van a contaminar. Saben que son los perdedores y tienen miedo al choque. Llevan en su vida 30 años de retraso.

¿Cuál es la diferencia entre el exilio de Miami y el de Venezuela?

Estados Unidos es el país que más ha estimulado al exilio. La política norteamericana es de completa hostilidad hacia Cuba.

Un señor que se va para allá, por lo menos siente un clima de mayor felicidad, porque este en un país adversario del que se ha ido y hay, por tanto, un ambiente espiritual más accesible. Se siente amparado por el tío Sam.

En Venezuela, al igual que en otros países sudamericanos, es más difícil la actividad. En estas naciones hay gentes que son enemigas de los norteamericanos. Existe un clima antigringo. En los Estados Unidos, si un exiliado critica la política norteamericana, tiene problemas. Si en Venezuela un cubano critica a los Estados Unidos, no pasa absolutamente nada.

El exiliado de Miami y el de Venezuela ven desde un prisma distinto la situación en Cuba. Allí en los Estados Unidos hay más militancia anticastrista. Aquí uno tiene que trabajar para poder subsistir. Además, en Latinoamérica hay simpatías por la Revolución Cubana.

En Venezuela no existe una Calle 8, como en Miami, donde se pasan el día anunciando que mañana regresaremos a Cuba. Aquí no podemos convertir nuestro problema personal en una cuestión de Estado. Tenemos que respetar las leyes de este país.

Los gobiernos de Venezuela y Cuba tienen relaciones y tenemos que respetar esa decisión, gústenos o no el régimen de La Habana. Son cosas que no podemos discutir.

En lo que no existe diferencia es en la añoranza. En cualquier lugar del mundo en que te encuentras con un cubano, lo primero que está presente es el recuerdo del país.

Hay mucha nostalgia, aunque no quieras. Cuando te tomas un café o fumas un tabaco, cuando escuchas música cubana. La nostalgia está siempre presente, siempre.

Su participación en el Diálogo entre el Gobierno cubano y los representantes de la comunidad cubana en el exterior, celebrado en La Habana los días 20 y 21 de noviembre de 1978, ¿le creó problemas con algunos exiliados?

Fui atacado por algunos sectores del exilio, pero eso no me quitó el sueño ni me causó la mayor preocupación. Vi un poco de cinismo en algunas de esas gentes. Tal es el caso de Salvador Romaní, quien me pidió que le llevara algunas cosas a sus padres, que se habían quedado en Cuba. Le hice el favor y probablemente me combatió para no tener que darme las gracias.

Por otra parte, el Diálogo fue muy positivo. Es un proceso que habrá que perfeccionar. Creí y creo que el Diálogo es el único camino de acercamiento entre los que estamos fuera y los de adentro. Si se produce un nuevo encuentro de este tipo, estoy seguro de que se incorporarán muchas más gentes que en el primero. La palabra de Castro es la más importante garantía, pues todos sabemos que siempre que la da, la cumple.

Todo el mundo está consciente de que derribar a Castro a través de las armas es muy difícil. Los cubanos se han preparado muy bien militarmente a lo largo de estos 30 años, y los norteamericanos lo saben.

¿Todavía hay sectores del exilio que mantienen el odio y el rencor hacia la Cuba revolucionaria?

En la década del 60 sí, pero te puedo decir que hoy la mayoría de los cubanos que estamos en el exilio nos hemos acostumbrado a ver la Revolución como una realidad. Los años han ido dejando atrás la amargura de los primeros tiempos.

El almanaque es un proceso interesante, uno va mirando las cosas ha medida que pasa el tiempo con una perspectiva distinta.

El ser humano tiene un mecanismo que está en constante transformación.

Te confieso que nunca les he tenido ni odio ni rencor a ustedes.

Es más, cuando un deportista cubano obtiene un triunfo, lo disfruto.

Muchas veces corrí al lado de Juantorena o peleé junto a Teófilo Stevenson.

Nací en Cuba. Jamás estaría de acuerdo en que para cambiar el sistema tiraran una bomba atómica o hicieran un ensayo nuclear allí, como algunos han deseado. Eso sería un crimen y una estupidez.

¿Qué tiempo de vida le daba a la Revolución?

Cuando más, una década. Nunca tanto tiempo. Al principio ataqué fuertemente a Castro por su alianza con la Unión Soviética.

Con el paso del tiempo, he llegado al convencimiento de que se movió magistralmente, porque si no hace eso los Estados Unidos hubieran hecho mucho más difícil el desarrollo de la Revolución.

Castro logró que renglones tan importantes de la economía como el abastecimiento de petróleo y otras importantísimas materias fueran suministradas por la Unión Soviética cuando los Estados Unidos decretaron el boicot económico.

Igualmente, el envío de armamentos fue esencial para que los cubanos pudieran enfrentarse al gobierno norteamericano sin claudicar. Cuba necesitaba un aliado, un socio, un amigo, y lo encontró en la Unión Soviética.

Realmente nadie pensó que una revolución socialista podría mantenerse en pie en Cuba, frente a las costas de los Estados Unidos, incluso, con una base naval dentro de su propio territorio.

Esa es otra de las audacias de Castro. Su esquema no está dentro de las computadoras. Toma a todo el mundo de sorpresa.

Saca siempre de debajo de la manga la baraja que nadie espera.

Este escenario no estaba estudiado en la computadora de los norteamericanos: 90 millas, media hora de vuelo. No, no es posible, ¿cómo puede haber pasado esto? Esa es una pregunta que se deben hacer diariamente.

En el exilio muchos cubanos admiran a Castro. No comparten su ideología, pero reconocen que su país de nacimiento es conocido en el mundo por el papel político que desempeña y no solo por sus peloteros ni por sus músicos ni por sus mulatas, como era antes; claro está, son cosas que no se atreven a decir públicamente ni pueden decirlas. Pero en mi caso, con más de 60 años en las costillas, nada me preocupa.

Esta es una afirmación que merecería ser fundamentada, ¿no cree?

Tienes razón. Lo digo porque Fidel Castro se gana el poder, no se lo regalan. El país estaba cansado de la corrupción, de los militares que se hacían ricos con los más disímiles negocios, de los políticos robando a las dos manos. Es Castro quien encarna ese anhelo del pueblo y hace la Revolución.

Y contrario a la creencia de un siglo, Castro no busca el apoyo de los Estados Unidos, sino que viaja a México, viene en el Granma, desembarca con un grupo de hombres por las costas orientales y marcha hacia la Sierra Maestra.

Desde allí inicia un movimiento de lucha armada, hasta ese momento algo solo típico en América Latina, en países de dimensiones territoriales como México y Brasil. Pese a todos los vaticinios, reagrupa a los sobrevivientes y triunfa sobre un ejército de 45 000 soldados, entrenado y apoyado por los norteamericanos.

Esto te demuestra que Castro no solo no busca la ayuda de los Estados Unidos, sino que hizo su Revolución aun en contra de la voluntad de ellos. Algo realmente inconcebible.

Y la continúa haciendo.

Es verdad. El problema es que los políticos cubanos siempre se quedaron dentro de sus fronteras y Castro no. Castro se sale de la frontera cubana. Le canta las cuarenta al imperio y llega donde nadie se imagina. Y no solo llega, sino que también triunfa, aun cuando sea en otro continente, a miles de kilómetros de distancia.

Hoy el castrismo está vigente en toda América Latina y mucho más allá. Esto nadie lo puede negar. Es algo que los historiadores no podrán desconocer a la hora de estudiar el proceso cubano.

Por el tono en que lo dice, pudiera pensarse que se siente orgulloso.

Me siento orgulloso de ser cubano. No soy socialista ni comunista, ni lo seré nunca, pero soy cubano. Me siento orgulloso de haber nacido en una nación que hoy es respetada por todos en el mundo, que son los campeones en boxeo, en béisbol; que no va a las Olimpiadas y todo el mundo se preocupa. Antes no ocurría así.

Éramos solo una prolongación territorial de la Florida. No se nos tenía en cuenta para nada.

A mí me molestaba mucho en mi juventud que se dijera que el cubano era símbolo de ocio y se nos considerara incapaces, vagos, frívolos.

Jamás olvido aquel artículo de Martí titulado "Vindicación de Cuba", respondiendo a las acusaciones de The Manufacturer, de Filadelfia, en el que nos calificaban de ser una posición poco apetecible para los Estados Unidos porque éramos amanerados, inermes, sumisos. Y Martí contesta a esas ofensas diciendo que esos amanerados eran tan hombres que habían peleado como gigantes.

Hoy a nadie se le ocurre siquiera pensar eso. Hoy el cubano es un hombre político, es una doctrina. Se le respeta dondequiera que va, aunque no se tengan sus mismos criterios.

Aunque muchos lo callen, yo no tengo miedo decirlo, Luis. La edad de la vejez te enseña a mirar las cosas de otra manera: con más detenimiento, menos pasión; con más sentimiento práctico y realista.

Además, recuerda lo que dijo el poeta: "Que nunca como en el ocaso de la vida son tan bellos los fulgores del amanecer".


Caracas, 1989 •

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