jueves, julio 17, 2008

¡MUERA LA CRÌTICA! ¡VIVA LA CRÌTICA!

Desde Venezuela!


¡MUERA LA CRÌTICA! ¡VIVA LA CRÌTICA!




Defender a Vladimir Acosta, falta no hace; si al principio.



Eligio Damas


Vitelio Reyes, recibía en su despacho todo el material que los periódicos caraqueños se proponían publicar. Marcos Evangelista Pérez Jiménez, entonces presidente usurpador de Venezuela o mas bien su Ministro de Interiores, Laureano Vallenilla Lanz, que este último no era su apellido, sino Planchart, le encargó al primero de los nombrados, la desagradable tarea, a todo persona sensata, humilde y hasta equilibrada, de censurar los diarios. Así Vitelio Reyes, decidía lo que debía decir la prensa que circulaba por el país todo.
Este maniatar la información y sobre todo la opinión, que se hacia también con los medios audiovisuales, le atrajo al régimen más enemigos de los que ya tenía. Y pese a eso, o quizás en gran medida por eso mismo, por no escuchar las opiniones contrarias o críticas a la acción oficial, que ayudan a corregir los rumbos o enderezar entuertos, como dijese aquel famoso trashumante, el férreo gobierno militar se vino al suelo.
Betancourt no tuvo su Vitelio Reyes. Es poco probable que inclinado a tenerlo hubiese estado alguna vez, pues cuando pudo, al referirse a la dictadura, hizo mención a aquella ignominiosa práctica y con furia y rencor del tristemente célebre censor. El jefe adeco apeló a otro procedimiento más brutal y represivo. Cuando alguna prensa publicaba algo que no fuese de su agrado, ordenaba a los cuerpos policiales y la parapolicìa adeca de entonces recogerla, quiosco por quiosco o a la salida de la imprenta respectiva. Y a quien se considerase responsable de lo que le había resultado incómodo o molesto, simplemente le mandaba a meter en un calabozo, sin importarle para nada la libertad de expresión.
Si el periódico repetía la osadía, mandaba preso a quien pudiese, del director para abajo y a la publicación cerraba hasta cuando le diese le gana; y hasta el fin de su mandato y el de Leoni, como sucedió con varios diarios y revistas de la izquierda. Otra forma de reprimir la opinión de los medios, actuando ya con sutileza, era levantar los subsidios que en aquella época se otorgaba a la importación del papel. Con esos procedimientos, y otros que sería largo enumerar, los partidos de la vieja política sometieron a la prensa nacional que hoy se desquita contra Chávez.
Algo que aborrece la derecha, tanto que le produce “tiquiña”, es la crítica pública y hasta privada. Por eso, uno de los rasgos de los gobiernos de esa tendencia es someter, por los medios posibles, la opinión. En veces la crítica privada, hasta vertida en la estricta intimidad, produce efectos en contrario. Más de uno ha caído en desgracia pese a lo comedido y discreto.
Pero el presidente Chávez, no se cansa de decir o clamar que hasta las piedras hablen. La crítica no sólo es un derecho de la gente plasmado en las leyes sino una práctica sana para enrumbar las cosas y contribuir que la tarea, el diagnóstico, investigación y práctica política, se hagan de la mejor manera.
Las teorías, partidos e individualidades revolucionarios, tienen a la crítica y autocrítica como disciplinas o prácticas necesarias, indispensables e inherentes a ellos. No hay proceder revolucionario ajeno a la crítica de las colectividades, hasta de las individualidades y también a la autocrítica. Y esto no es una cosa o idea para decirla al público en un día de fiestas patronales o para consumo externo.
Matar la crítica es hacerlo con la conducta revolucionaria. Como matar el pájaro que canta todas las mañanas, el sol que más que alumbra, presta su calor para que la vida siga incesante o, para decirlo en una bella canción de Mercedes Sosa, si muere el cantor o la crítica, es como si la vida se acabase. Y digo esto pese a que me expongo que indelicadamente me tilden como cursi.
La crítica opositora no necesariamente es negativa; en algunos casos, hasta quitándole aquello de mala fe o que solamente persigue causar daño, se puede encontrar una razón para corregir o enderezar el camino.
Si ella viene de los nuestros, salvando aquellas cosas de estilo que pudieran ser algo quisquillosas, hay que ponerle atención y no descalificarla procurando ser más urticante; eso luce retaliativo y podría “matar al ruiseñor”. Y si ese modo de decir nos fascina, y queremos usarlo pese a todo, debemos abordar las opiniones que en nada compartimos, de manera que podamos desmontarlas. Para lograr ese objetivo hay que cuidar no cerrarse las puertas por herir gratuitamente la sensibilidad de otros compañeros de ruta. El discurso para que sea convincente debe estar presentado de la manera más agradable posible. Es poco sensato el proceder que busca enemigos detrás de cada palabra u opinión. Y en ese empeño se agarra de cualquier cosa como quien en el desespero se ase a un clavo candente.
Uno no puede proceder como el viejo de aquel cuento que sermoneaba a unas jóvenes por que habían dicho junto a él unas groserías y terminó su discurso con un puñado de palabras de grueso calibre.
A los tipos como Chávez, inteligentes y revolucionarios, lo ha dicho él mismo, no les molesta la crítica. Por eso, a quienes se atoran para que cierre un canal de televisión que algunos angustia y desespera, les responde de manera negativa. Es mejor, en veces la crítica que el aplauso. Pocos se atreven a tocar la cuerda afinada del violín, sabiendo que pueden interrumpir el mal canto del coro.
Si creo que, sobre todo entre los nuestros, la crítica debe hacerse con humildad y respeto. La soberbia puede restarle validez al discurso por muy denso que éste sea. Pero eso vale tanto para unos como otros. Para quien habló primero y aquel que le responde.

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