sábado, enero 05, 2008

LA GUERRA DE IRAQ Y EL ASESINATO DE KENNEDY

La guerra de Iraq y el asesinatode Kennedy•
Fidel Castro fue probablemente el primer ser humano que comprendió y denunció que se trataba de un complot.
El general Lemnitzer y su Estado Mayor Conjunto tramaron un golpe de Estado al presidente Kennedy, que se consumó materialmente con el crimen de Dallas

POR GABRIEL MOLINA
Granma Internacional

Publicado por Frank Díaz Rey

A 44 años del asesinato del presidente John F. Kennedy, la guerra de Iraq y la saga de la familia Bush agudizan la necesidad de desclasificar los documentos sobre el magnicidio del 22 de noviembre de 1963, que afectó no sólo a Estados Unidos, sino en una sorprendente medida a Cuba y a todo el orbe.
Los oficiales CIA Gordon Campbell y George Joannides, presentes inusitadamente en el hotel Ambassador el 5 de junio de 1968, día del asesinato de Robert Kennedy, estuvieron asignados en 1963 al objetivo de asesinar al presidente Fidel Castro, desde la estación JM Wave de Miami. Campbell era jefe de Operaciones Marítimas contra Cuba y Joannides, jefe de Operaciones de Guerra Psicológica.
Al día siguiente del escandaloso crimen, el presidente Fidel Castro fue probablemente el primero en denunciarlo como una conjura, cuando compareció en la televisión cubana y lo calificó como algo “altamente perjudicial a los intereses de la humanidad, a los intereses de la paz”. Llamó la atención a los analistas el contraste, pues la Isla había sufrido en dos años sendos ataques militares de Kennedy: la crisis de los cohetes, en octubre de 1962, y la invasión de Playa Girón, en abril de 1961.
“Hemos sido víctimas de una hostilidad constante por parte de los Estados Unidos. Y entre los gobernantes y los hombres dirigentes de los Estados Unidos, le cabía a Kennedy una importante responsabilidad en esos hechos”, expresó el 23 de noviembre, sin embargo:
“Nosotros podemos decir que hay elementos dentro de los Estados Unidos que defienden una política ultrareaccionaria en todos los campos, tanto en el de la política internacional como en el de la política nacional…Y esos son los elementos llamados a beneficiarse de los sucesos que ocurrieron ayer en los Estados Unidos…”
Fidel analizó cómo Kennedy era fuertemente atacado por los círculos más reaccionarios con fuertes campañas, leyes y resoluciones en el Congreso. Los medios masivos multiplicaban los ataques empujando al Gobierno hacia la guerra, incluso antes, durante y después de la Crisis de Octubre. Criticaban las posiciones asumidas por Kennedy en lo nacional, en especial contra la discriminación y la segregación y en lo internacional, mayormente su política con la URSS y el reciente giro respecto a Cuba y Vietnam.
El Presidente cubano se refirió extensamente a las últimas actitudes de Kennedy respecto a los derechos civiles como los raciales. Estas acciones desataban poderosas fuerzas ultra contra el Presidente e hizo pensar a muchos “que el asesinato del presidente Kennedy era la obra de algunos de los elementos inconformes con su política internacional”. Con el diálogo que había establecido JFK con Jruschov en importantes aspectos, “es decir con su política del Pacto nuclear, con su política respecto a Cuba —que no la consideraban suficientemente agresiva—, política que consideraban débil”; y con sus leyes para reivindicar los derechos civiles de los afroamericanos especialmente en el racista sur de Estados Unidos.
No menos agudo fue su análisis sobre la teoría del tirador único, la soledad de Oswald que en esos iniciales momentos nadie cuestionaba y sus alegadas simpatías “castristas”. Cinco días después, el 27, manifestó que los fusiles de mirilla telescópica como el que decían las autoridades que usó Oswald, “una vez que se dispara el blanco se pierde y es necesario volver a encontrarlo. “Con ese tipo de arma es realmente muy difícil hacer tres disparos consecutivos. Pero sobre todo difícil dar así en el blanco. Es casi imposible.”
Años después se demostró con pruebas acústicas y gráficas que hubo más de un tirador.
El líder cubano leyó el primer despacho noticioso tendencioso, de las dos de la tarde: “…Porque obsérvese esto: de las agencias cablegráficas, hay una que ha sido más moderada, más objetiva, la AP, y hay una que ha sido desmesuradamente y desenfrenadamente mentirosa, descarada, desvergonzadamente propiciadora de una política y de una campaña de difamación contra Cuba, que es la UPI. Dallas, noviembre 22, UPI.- La policía detuvo hoy a Lee H. Oswald, identificado como el Presidente del ‘Comité del Juego Limpio con Cuba’ como principal sospechoso en el asesinato del presidente Kennedy”. Aún hoy las campañas sobre aquel suceso son utilizadas por elementos interesados en alejar las sospechas sobre los verdaderos responsables del crimen y lograr aplastar a la Revolución cubana.
La gravedad de aquella situación ha ido develándose poco a poco desde entonces. Los últimos detalles fueron conocidos este año a través del libro del investigador David Talbot: Hermanos. La Historia oculta de los años de Kennedy, con su sensacional revelación de que Robert Kennedy fue probablemente asesinado porque estaba convencido desde el primer momento de que se trataba de un complot de aquellos con quienes venía trabajando cercanamente contra Fidel Castro: elementos de la CIA, la Mafia ítalo-americana y pandillleros cubanos. Aunque encolerizado por los hechos, Bobby había mantenido silencio porque comprendía el vigoroso poder a enfrentar, pero pocos días antes de saberse confirmado como candidato demócrata, cometió el error de admitir que, de ser elegido presidente, iba a reabrir el proceso.
La investigación entre los cercanos colaboradores de los hermanos Kennedy y algunos documentos antes desclasificados revelan que los miembros del Estado Mayor conjunto estuvieron a punto de dar un golpe de Estado al presidente John F. Kennedy, en una creciente confrontación que comenzó en abril de 1961, cuando la fallida invasión de Playa Girón, en la Bahía de Cochinos.
El 18 de abril, a las 12 de la noche, se produjo una reunión en la Casa Blanca, no bien terminada la recepción anual del Congreso, accediendo a pedidos del Subdirector de la CIA, Richard Bissell. Los militares invitados, general Lemnitzer y el almirante Burke, vestían uniformes de gala, mientras los civiles, el propio Kennedy, Mc Namara, Johnson y Dean Rusk, vestían de etiqueta. Bissell hizo el recuento de la situación militar y dijo que estaba a punto de una completa derrota. Aconsejó entonces la que a su juicio era la única manera de evitarla: una intervención militar directa de las Fuerzas Armadas.
El Presidente les recordó que desde el principio había hecho hincapié y declarado públicamente que eso no ocurriría. Pero tanto los jefes del Pentágono como los de la CIA, no habían tomado en serio la advertencia. El débil plan, a imagen y semejanza del exitoso operativo de Guatemala en 1954, diseñado y organizado por la CIA de Allan Dulles mediante el mismo grupo de los trabajos sucios: Tracy Barnes, David Atlee Phillips, Howard Hunt y David Sánchez Morales, descansaba en los planes de asesinato de Fidel Castro y en la intervención militar.
Burke insistió y Kennedy, comenzando a perder la calma, le contestó: “Burke, no quiero ver a Estados Unidos envuelto en esto”. El Almirante gritó en respuesta: “¡Diablos, señor Presidente, pero nosotros estamos envueltos!” Ya él había asumido una actitud de casi insubordinación, pues les había dicho a los cubanos enrolados y a sus jefes norteamericanos que “fuerzas dentro de la Administración estaban tratando de bloquear la invasión. Que si esas fuerzas lograban bloquearla, los líderes de la brigada debían amotinarse contra sus asesores y proceder con la invasión”, según reveló más tarde Haynes Jonhson en su libro Bay of Pigs. Además, desde el primer día Burke envió el portaaviones Essex y helicópteros del Boxer cerca de las playas cubanas, violando las órdenes de que se mantuvieran a 50 millas de distancia de la costa. Kennedy no se dejó intimidar. Tres horas después, la reunión terminó sin dar marcha atrás a su decisión.
Pero esto fue sólo el comienzo. El desenlace vino después de que Lemnitzer presentó un macabro plan para acabar con Fidel Castro, semejante al de la explosión del Maine en 1898, utilizado como pretexto para intervenir en Cuba. Su Operación Northwoods comprendía aterrorizar a los exiliados cubanos poniendo bombas en Miami, y hasta en Washington. El colofón lo daría la destrucción de un vuelo espacial tripulado por John Glenn, primer norteamericano en haber recorrido en el Mercury una órbita completa de la tierra. Otra variante era derribar un vuelo charter civil procedente de Estados Unidos. "El plan alarmó a Mac Namara y a Kennedy, pues implicaba necesariamente la muerte de numerosos norteamericanos, civiles y militares”. Su rechazo fue el toque final para Lemnitzer, quien se dio a participar en una conspiración en que estaba envuelto el general Edwin Walker, secundado por las ultraderechistas sociedades John Birch y Ku KLlux Klan.
Lemnitzer fue citado a una reunión en la Casa Blanca en marzo de 1962 pues, según reportaron a Talbot íntimos de los hermanos Kennedy, “el presidente había hecho un chocante descubrimiento: su Jefe del Estado Mayor Conjunto estaba complotado para derrocar al Gobierno e instalar en su lugar una maldita junta militar como en Sudamérica”, en palabras de JFK. Se prefirió no denunciar públicamente el complot a cambio de la renuncia del general.
El tercer round vino con la Crisis de Octubre de 1962, en la cual el Presidente se quedó casi solo frente al Estado Mayor Conjunto, pues aunque su nuevo jefe, el general Maxwell Taylor, nombrado oficialmente el 1º de octubre, no lo apoyó, al menos no asumió una postura ofensivamente agresiva, como los miembros que presionaban para lanzar ataques aéreos sobre Cuba. El más belicoso era el general Curtis Le May, quien rechazaba violentamente la estrategia de bloqueo naval del presidente.
“Apesta como la cobardía de Neville Chamberlain —gruñó Le May— Sería casi tan malo como el apaciguamiento de Munich”. El jefe de la Aviación trataba irrespetuosamente al presidente, tratando de ponerlo a la defensiva al recordarle la acusación que pesó sobre el padre de los Kennedy —apunta Talbot—. Las versiones históricas atribuyen a Joe Kennedy una posición vergonzosa, aconsejando a Chamberlain que hiciera concesiones a Hitler para apaciguarlo, lo cual provocó que Roosevelt lo sustituyera. El Presidente había designado a Joe Kennedy en Londres, con idea de que su embajador, en tanto que irlandés, no se parcializase con los ingleses.
No menos agresivo fue el almirante Anderson. Kennedy había orientado a Mc Namara que como Secretario de Defensa vigilase estrechamente que no se disparase contra un navío soviético sin la orden expresa de él. Pero el Jefe de la Marina le restregó que sabía cómo manejar un bloqueo naval desde la época de la guerra por la independencia.
Entre otros desafíos, el frente de los derechos civiles era muy explosivo. La media noche del 30 de septiembre del propio año 1962, una buena parte del gabinete de Kennedy esperaba ansioso el desenlace del motín desatado en la Universidad de Mississippi cuando James Meredith se matriculó para forzar a cumplir el decreto que imponía la implantación de la integración racial en las escuelas de todo el país. Estudiantes blancos, miembros del Klan y vecinos, habían rodeado el edificio armados con ladrillos, picos y escopetas para llegar hasta Meredith, gritando “linchen al negro”. Decenas de alguaciles trataban de evitar el crimen que se disponían a realizar los amotinados.
Consciente de que era muy débil la protección ante tamaña multitud enardecida, Kennedy dio orden al ejército de que acudiese a impedirlo. Pero varias horas después de la orden, los militares se las arreglaban para no cumplirla bajo distintos pretextos, como la dificultad para trasladarse desde Memphis hasta Oxford. En realidad los detenía el ultraderechista general Walter, quien alentaba a los amotinados.
El Presidente, indignado como pocas veces, tuvo que hablar por teléfono con el general Abrams, para que llegasen las tropas pasadas las dos de la mañana. El balance fue de dos muertos, 166 alguaciles heridos, docenas de soldados, estudiantes y otros manifestantes también heridos, 1 300 arrestados, entre ellos el díscolo general.
Aunque el presidente Kennedy se mantenía en favorables términos de popularidad, después de la Crisis de Octubre existía una gran polarización en las fuerzas del poder real económico, político y militar en el país, que llegaba a acusarlo de comunista. Temían que los Kennedy intentasen retar en serio al complejo mililtar-industrial y a otras fuerzas poderosas como las petroleras, empezando por terminar la guerra de Vietnam.
Cuando se conoció de su asesinato, Fidel estaba conversando precisamente con el periodista francés Jean Daniel, quien traía el encargo de JFK de conocer la reacción del dirigente cubano a las secretas reuniones que se efectuaban en Washington para discutir las posibilidades de normalizar las relaciones. Era esta una de las razones que enajenaban a la extrema derecha de Estados Unidos. Los Kennedy estaban atacando la filosofía de la guerra, que en ese momento se proyectaba con más fuerza en Cuba y en Vietnam. Según Daniel, Fidel expresó su abrumadora condena al asesinato de quien se estaba convirtiendo, por sus retos, en el más grande presidente de Estados Unidos desde Lincoln.
El análisis del líder cubano, basado fundamentalmente en los motivos y los medios para el magnicidio, se ha venido confirmando con el paso del tiempo, lo más reciente es la revelación lograda por la investigación de Talbot: Kenady envió el mensaje a los líderes soviéticos de que habían sido víctimas su hermano y él de un complot por fuerzas internas, desconfiaba más de esas fuerzas que de la URSS. Venía a descifrar las ideas de JFK reflejadas en su obra The Enemy Whitin.
El 23 de noviembre de 1963 Fidel apuntó que uno de los errores de JFK respecto a Cuba era haberle hecho el juego precisamente a sus enemigos, como asumir en 1961 “los planes de invasión que había organizado la Administración republicana… éstos la utilizaban como un arma política contra él”.
Fidel estaba convencido de que el complejo militar-industrial era la savia que alimentaba entonces la guerra de Vietnam, como la presente ocupación de Iraq. La presión antibélica en Estados Unidos está estancada en estos momentos, a pesar de que el electorado se ha manifestado claramente por sacar las tropas del país ocupado. Porque la inmensa mayoría de los políticos allí atacan las pérdidas de la guerra, pero no sus mezquinos motivos. No abandonan la filosofía del despojo que denunció Fidel desde 1960 en la ONU.
En 2008 se cumplirán 45 años del magnicidio. Ya va siendo hora de exigir que las autoridades norteamericanas sustitutas de Bush desclasifiquen los documentos secretos de la CIA y reabran el proceso de ese crimen que realmente fue un golpe de Estado contra la Humanidad. “Un plan macabro para llevar adelante una política de guerra y agresión, para situar al gobierno de Estados Unidos a merced de los círculos más agresivos de los monopolios, del imperialismo y de las agencias peores de los Estados Unidos”, como lo definió Fidel desde ese día. Un plan para mantener activos, como en Afganistán y en Iraq, a los perros de la guerra.
La Humanidad debe aplastar la filosofía del despojo, que es la filosofía de la guerra.

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